Por Juan Pablo Ojeda
El tablero de Medio Oriente dio un giro abrupto este sábado. Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva aérea de gran escala contra objetivos del régimen iraní, con explosiones reportadas en Teherán y otras ciudades clave. La respuesta no tardó: la Guardia Revolucionaria iraní activó una primera oleada de misiles y drones contra territorio israelí y bases estadounidenses en la región.
El presidente estadounidense, Donald Trump, dejó claro que el objetivo no es limitado. En un mensaje difundido en su plataforma, afirmó que la meta es desmantelar por completo la capacidad militar estratégica de Irán, incluyendo su industria de misiles y su armada. Incluso fue más allá al señalar que el cambio de régimen sería el desenlace deseable, enviando un mensaje directo a la población iraní sobre una eventual “libertad”.
Desde Jerusalén, el primer ministro Benjamin Netanyahu calificó la operación como necesaria para eliminar lo que describió como una “amenaza existencial”. El gobierno israelí declaró un estado de emergencia especial e inmediato, ordenando a la población resguardarse ante posibles represalias. El espacio aéreo fue cerrado y se suspendieron actividades educativas y laborales no esenciales.
— Donald J. Trump (@realDonaldTrump) February 28, 2026
Del lado iraní, la estructura militar ligada a los Guardianes de la Revolución anunció ataques dirigidos hacia “territorios ocupados”, en referencia a Israel, y advirtió que cualquier base regional que apoye la ofensiva será considerada objetivo legítimo. En cuestión de horas, se reportaron impactos o intentos de impacto contra instalaciones donde opera personal estadounidense en países del Golfo como Bahréin, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos.
El líder supremo iraní, Ali Khamenei, fue trasladado a un lugar seguro, mientras en Teherán se reforzaron los accesos a zonas gubernamentales. La capital vivió momentos de tensión con múltiples detonaciones y restricciones de movilidad.
El riesgo de una escalada regional es evidente. No se trata solo de un intercambio bilateral entre Israel e Irán, sino de un conflicto que involucra bases estadounidenses, rutas estratégicas del Golfo Pérsico y la estabilidad energética global. Cualquier interrupción prolongada podría impactar precios del petróleo, mercados financieros y cadenas de suministro internacionales.
La reacción europea fue inmediata. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pidió máxima moderación y subrayó la importancia de proteger la seguridad nuclear y el régimen de no proliferación. El mensaje fue claro: evitar que la confrontación derive en un conflicto mayor que desestabilice aún más la región.
Hoy el escenario es de alta incertidumbre. Israel refuerza defensas internas, Estados Unidos protege su personal en el Golfo, e Irán promete ampliar la respuesta si continúan los bombardeos. Más que una operación puntual, el mundo observa el posible inicio de una fase abierta de confrontación directa entre potencias con capacidad militar significativa.
